Empatía

A lo largo de los años que llevo trabajando en mi profesión, actualmente tengo la impresión de que la “empatía”, entendida como la capacidad de una persona de comprender a otra, tanto intelectual como emocionalmente, es decir, siendo capaz de “ver” y “sentir” el mundo interior del paciente o cliente tal como éste lo ve y lo siente, es una capacidad muy compleja, que requiere amplios conocimientos científicos del terapeuta; larga experiencia de la vida tanto en sus aspectos positivos como negativos; haber tenido que afrontar problemas difíciles, tanto de naturaleza psicológica como de otros aspectos de la vida y haberlos superado, al menos de forma suficiente; haber escuchado a muchas personas, tanto sanas, como con trastornos psicológicos moderados y con trastornos mentales graves y gravísimos; capacidad intuitiva; haber sufrido psicológicamente, al menos lo “mínimo suficiente” y haberlo, prácticamente superado, así como otras capacidades. Pero mi vivencia profunda actual en relación con la capacidad de ser empático tiene que ver con la impresión de que para tener dicha capacidad es necesario haber alcanzado un estado psíquico muy bien “integrado”, es decir, como si fuese necesario que la mente no pudiera tener ningún rincón desconocido para sí misma y, por otro lado, que la mente funcione de tal manera que toda la “información” (entendida en sentido amplio: conocimientos intelectuales, emociones, vivencias, sentimientos, recuerdos, etc.) que exista dentro de la misma, en las distintas “zonas” de la mente, por así decirlo, intercambien sus contenidos desde todas y cada una de dichas “zonas” a todas las demás. Es “el logro de un estado psíquico integrado de forma compleja”, difícil de traducir en palabras, al menos con los conocimientos científicos que se tienen hoy en día.

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